El sueño fue un lujo que no me concedió esa noche. El dolor era un compañero fiel, pero peor era el zumbido en la cabeza: la foto borrosa de Rostova, el mensaje del chantajista, y sobre todo, el fantasma de las manos de Alexander en mi herida. Sus palabras. "Pensé que morirías."
A eso de las tres de la madrugada, oí pasos rápidos y decididos cruzando el corredor, yendo hacia la entrada principal. Me tensé, mi instinto se puso alerta enseguida. Pero los pasos se apagaron y la casa volvió a quedar en silencio.
Demasiado silencio.
A la mañana siguiente me llevaron el desayuno. Comí poco. El cuerpo seguía pesado, la herida recordándome cada movimiento que no debía hacer. Aun así, no podía quedarme todo el día acostada. No soy así.
Me tomé un analgésico, respiré hondo y me levanté.
Cada paso fue lento, torpe. Me apoyé en las paredes, avanzando como una anciana orgullosa que se niega a pedir ayuda. Salí al jardín. El aire fresco me golpeó el rostro y por un segundo cerré los ojos, agradecid