La mañana llegó con la luz blanca y fría de la clínica filtrándose por las persianas. El dolor era una presencia constante, un recordatorio sordo de lo cerca que estuvo esa bala de terminar todo.
Justo cuando empezaba a pensar que Alexander me había olvidado ahí, la puerta se abrió y él entró.
Traía algo bajo el brazo: una carpeta de cartón grueso, marrón.
—Encontramos algo —dijo sin preámbulos.
Se acercó a la cama y abrió el expediente sobre mis piernas. Fotografías, transferencias, nombres subrayados en rojo.
—Sokolov transfería fondos de manera regular a una fundación —continuó—. Nuevo Amanecer. Supuestamente dedicada a ayuda social. Educación. Reintegración.
Solté una risa seca.
—Claro. Siempre se esconden detrás de palabras bonitas.
—La directora figura como Victoria Rostova —añadió.
—¿Tienes laptop? —pregunté.
Alexander no respondió. Solo hizo un gesto. Uno de sus hombres entró y me dejó una computadora sobre la mesa auxiliar.
Me incorporé con cuidado, ignorando la punzada en e