La mañana llegó con la luz blanca y fría de la clínica filtrándose por las persianas. El dolor era una presencia constante, un recordatorio sordo de lo cerca que estuvo esa bala de terminar todo.
Justo cuando empezaba a pensar que Alexander me había olvidado ahí, la puerta se abrió y él entró.
Traía algo bajo el brazo: una carpeta de cartón grueso, marrón.
—Encontramos algo —dijo sin preámbulos.
Se acercó a la cama y abrió el expediente sobre mis piernas. Fotografías, transferencias, nombres s