El teléfono vibró entre mis dedos mientras deslizaba la pantalla con lentitud, todavía recostada en la cama del hospital. La herida seguía doliendo, pero el dolor físico era manejable. El otro… no.
Nathalia Volkov. Escribí el nombre en el buscador. No esperaba gran cosa. Gente como ella paga para que su basura quede enterrada.
Los resultados eran pocos. Viejos. Pulidos para el público. Esposa de un empresario influyente. Filántropa. Patrocinadora de fundaciones. Fotografías de galas donde ella