Desperté con la garganta seca y la cabeza latiéndome como si alguien hubiera estado golpeándola desde dentro.
Parpadeé varias veces. La habitación estaba en silencio. Demasiado silencio.
Alexander no estaba.
Eso fue lo primero que pensé. Y lo segundo fue el dolor, un tirón profundo en el costado que me recordó exactamente dónde estaba y por qué.
Respiré hondo. Error. Ardió.
Cerré los ojos unos segundos, obligándome a ordenar mis pensamientos antes de que el pánico se colara. Recordé la bala. La