A la mañana siguiente, la mansión se sentía distinta.
No por las paredes. Ni por los guardias. Ni por el silencio.
Por él.
Alexander me trató con una distancia fría. Como si el capítulo de anoche no hubiera pasado. Como si no me hubiera mirado como se mira un deseo prohibido. Como si no hubiera tenido la mano en el aire, a punto de tocarme.
Me llamó a su despacho sin ceremonia.
—Vas a revisar toda la seguridad perimetral de la mansión —dijo, entregándome una tableta con accesos—. Cámaras externas, sensores, puntos ciegos, rotaciones de guardia. Todo.
Era un trabajo de máxima confianza.
Y también una forma elegante de mantenerme lejos.
Lo entendí al instante.
Alexander Volkov no huye de balas.
Huye de lo que siente.
—¿Alguna indicación más? —pregunté, neutral.
Su mirada no se movió.
—Sí. No me hagas perder tiempo.
Me giré para irme, pero su voz me detuvo.
—Anastasia.
Lo miré.
—Buen trabajo ayer.
Eso fue todo.
Y aun así, esa frase me dejó más inquieta que cualquier amenaza.
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Pasé la