A la mañana siguiente, la mansión se sentía distinta.
No por las paredes. Ni por los guardias. Ni por el silencio.
Por él.
Alexander me trató con una distancia fría. Como si el capítulo de anoche no hubiera pasado. Como si no me hubiera mirado como se mira un deseo prohibido. Como si no hubiera tenido la mano en el aire, a punto de tocarme.
Me llamó a su despacho sin ceremonia.
—Vas a revisar toda la seguridad perimetral de la mansión —dijo, entregándome una tableta con accesos—. Cámaras extern