Iván apareció en mi puerta sin previo aviso. Eso ya era costumbre.
—Vístete. Tenemos trabajo.
No pregunté cuál. No con él. Con Iván las preguntas no abren puertas, solo las cierran.
Me puse una chaqueta y salí. Esta vez no estaba Alexander. Solo el SUV negro, dos guardias adelante e Iván al volante. Yo en el asiento trasero, mirando la ciudad pasar como si no fuera mía.
Nadie habló en el trayecto.
El lugar al que llegamos era un depósito cerca del puerto. Metal, concreto, olor a sal y gasolina. Cuando bajé, lo vi enseguida: contenedores abiertos, hombres descargando cajas pesadas, y el sonido inconfundible del acero contra acero.
Armas.
Cajas y cajas, apilándose como ladrillos de un imperio clandestino.
Alexander estaba ahí, supervisándolo todo. Chaqueta oscura, postura calmada, como si el mundo fuera una lista de tareas que él marcaba con una pluma. Sus hombres se movían con precisión alrededor de él, atentos, armados.
Él alzó la vista y me vio llegar. Su mirada se detuvo un segundo,