Iván apareció en mi puerta sin previo aviso. Eso ya era costumbre.
—Vístete. Tenemos trabajo.
No pregunté cuál. No con él. Con Iván las preguntas no abren puertas, solo las cierran.
Me puse una chaqueta y salí. Esta vez no estaba Alexander. Solo el SUV negro, dos guardias adelante e Iván al volante. Yo en el asiento trasero, mirando la ciudad pasar como si no fuera mía.
Nadie habló en el trayecto.
El lugar al que llegamos era un depósito cerca del puerto. Metal, concreto, olor a sal y gasolina.