El hospital apareció frente a nosotros como una luz demasiado blanca.
Las puertas se abrieron de golpe y todo se volvió movimiento. Voces. Camillas. Manos que lo arrancaban de mí.
—¡Cuidado!
—¡Necesitamos quirófano ahora!
—¡Herida de bala en abdomen!
No solté su mano hasta que literalmente me la arrancaron.
—¡Voy con él! —intenté seguirlos.
—No puede pasar —me detuvo una enfermera.
—¡Es mi—!
No terminé la frase.
Porque no sabía qué era. Porque en ese momento… no importaba.
—Por favor… —susurré,