El ruido afuera lo distrajo.
Solo un segundo.
Pero conmigo, un segundo era suficiente.
Me lancé sobre él sin pensarlo. Mi puño impactó contra su rostro con toda la fuerza contenida que llevaba dentro desde hacía días, desde hacía meses. Konstantin cayó hacia atrás, desestabilizado, y yo no esperé a ver si se levantaba.
—¡Vamos! —tomé a los niños de las manos—. No se separen de mí.
Corrimos.
Los disparos comenzaron casi de inmediato. El sonido seco de las balas rompiendo el aire, los gritos, el