Alexander estaba listo para arrasar el lugar.
Lo vi en sus ojos, en la tensión de su mandíbula, en la forma en que caminaba de un lado a otro frente a la mesa donde teníamos desplegado el mapa. Sus hombres estaban preparados, armados, esperando la orden. Solo necesitaba decir una palabra y esa finca dejaría de existir.
—Entramos con todos —dijo, señalando la finca en la pantalla—. Rodeamos, eliminamos amenazas y sacamos a los niños.
Negué de inmediato.
—No.
Se detuvo. Me miró.
—¿Qué?
—Si entram