Alexander no dijo nada al principio.
Se quedó quieto, mirándome, como si necesitara unos segundos más para procesar lo que acababa de salir de mi boca.
—¿Qué? —soltó finalmente, bajo, incrédulo.
Exhalé despacio, obligándome a mantener la calma.
—Hace unos días lo escuché hablando por teléfono —empecé—. Decía que era una desventaja que Mika estuviera mejorando… porque contaba con que muriera para quedarse con el fideicomiso.
El silencio volvió. Pero esta vez era más denso.
—¿Estás segura? —pregu