Mundo ficciónIniciar sesiónAlexander Vance se quedó estupefacto, con el teléfono de línea fija a medio levantar y la boca ligeramente abierta. Nadie, en los últimos siete años desde que tomó las riendas de la corporación, se había atrevido a darle la espalda, a ignorar una orden directa y a salir de su oficina sin su consentimiento. Mucho menos una asistente en su primer día de prueba.
—Atrevida —masulló entre dientes, soltando el auricular con un golpe que resonó en el cuero del escritorio. Su primer impulso fue llamar a Seguridad. Quería que escoltaran a Emma Ross fuera del edificio de inmediato, que confiscaran su credencial y que borraran su nombre del sistema antes de que terminara la hora del almuerzo. Él no pagaba sueldos competitivos para que le faltaran al respeto en su propia cara. Sin embargo, cuando su mano se posó sobre el intercomunicador, se detuvo. Había algo en la mirada de la mujer antes de salir que lo hizo dudar. No había sido el desplante de una empleada soberbia o perezosa; había sido un destello de pura desesperación, una fuerza ciega que él solo había visto en personas que no tienen nada más que perder. Alexander se levantó y caminó hacia el ventanal, cruzándose de brazos. Miró hacia la recepción a través del cristal esmerilado. Emma no había huido del edificio. Estaba de pie junto a su escritorio, hablando por teléfono en voz baja, con los hombros encogidos y una mano presionada contra la boca, como si intentara contener un sollozo. Su cuerpo temblaba sutilmente bajo ese saco negro que le quedaba grande. El dolor de cabeza de Alexander regresó con renovada fuerza. Regresó a su escritorio, intentando concentrarse en la licitación de los muelles, pero las cifras en la pantalla de la computadora parecían flotar sin sentido. Su mente, habituada a la lógica estricta y al orden, se desviaba constantemente hacia la mujer del pasillo. Había demasiadas inconsistencias en ella. Su currículum era impecable hasta hace cuatro años, sus referencias hablaban de una mujer meticulosa y brillante, pero ahora parecía vivir al borde de un colapso nervioso. Y luego estaba esa persistente, molesta y casi enfermiza sensación de que la conocía de otra parte. Pasaron quince minutos antes de que la puerta de nogal se abriera de nuevo con un suave clic. Emma entró. Ya no temblaba, pero estaba notablemente más pálida, si es que eso era posible. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos, aunque sostenía la barbilla en alto con una dignidad que a Alexander le pareció casi trágica. —Señor Vance —dijo ella, deteniéndose a un metro del escritorio—. Lamento profundamente mi comportamiento de hace un momento. No hay excusa para haber desobedecido su orden. Aceptaré la rescisión de mi período de prueba de inmediato si así lo decide. Alexander la estudió en silencio. Se recostó en su silla, entrelazando los dedos sobre el estómago, adoptando la postura intimidante que solía usar en las juntas de accionistas. —¿Qué fue eso, señorita Ross? —preguntó, con una voz peligrosamente baja—. ¿Un asunto de vida o muerte? Emma tragó saliva. Alexander vio el movimiento de su garganta. —Un imprevisto doméstico, señor. Pero ya está solucionado. No volverá a repetirse en el horario de oficina. —Miente, Ross —soltó él, sin rodeos. Emma dio un imperceptible paso hacia atrás—. Miente jodidamente mal para ser alguien que afirma ser buena organizando el caos. Su teléfono no ha parado de vibrar en toda la mañana, está distraída y su mente está en cualquier lugar menos en los archivos de esta empresa. Si hay algo que detesto más que la incompetencia, son las agendas ocultas. ¿Trabaja para la competencia? ¿Le pagó la constructora Miller para buscar información sobre el proyecto del puerto? La acusación cayó como un balde de agua fría en la habitación. Emma abrió los ojos de par en par, y por un segundo, una chispa de genuina indignación cruzó sus facciones azules. —¿Espionaje corporativo? —replicó ella, con una risa amarga que no pudo contener—. Señor Vance, con todo el respeto que su cargo merece, apenas tengo tiempo para dormir cuatro horas al día. No tengo el menor interés en sus secretos comerciales ni en la constructora Miller. Necesito este trabajo por el salario y el seguro médico, nada más. Si cree que soy una amenaza, llame a seguridad ahora mismo. Pero no insulte mi integridad. Alexander se quedó inmóvil. La audacia de la mujer lo desconcertaba, pero al mismo tiempo, su respuesta tenía el peso de la verdad descarnada. Un espía corporativo habría sido más sumiso, más perfecto, más cuidadoso de no llamar la atención. Emma Ross era un desastre de emociones a flor de piel, un espécimen demasiado humano para el entorno frío de Vance Enterprises. Antes de que pudiera responder, la pantalla de su computadora parpadeó con un aviso de urgencia. El servidor principal de la división de logística estaba sufriendo un ataque de denegación de servicio, y la cadena de suministro hacia la costa oeste corría el riesgo de paralizarse. —Olvídelo —dijo Alexander, poniéndose de pie de un salto y olvidando la discusión personal al instante—. Tenemos una crisis en el ala de sistemas. Necesito que imprima los respaldos físicos de las rutas de envío de los últimos tres meses. Están en el servidor local, carpeta de contingencia B. Muévase, Ross. Si el sistema no vuelve en una hora, perderemos dos millones de dólares. Emma no pestañeó. El cambio de ritmo pareció activar un chip profesional en ella. —En cinco minutos los tendrá en su mesa, señor —dijo, y salió de la oficina a toda velocidad. La jornada se extendió de manera brutal. Lo que debió ser un día de trabajo normal de ocho horas se transformó en una batalla de doce horas contra el tiempo, las llamadas de pánico de los clientes y las reuniones de emergencia con el equipo de ciberseguridad. Eran las nueve de la noche cuando el silencio finalmente regresó al piso cuarenta. El ataque había sido contenido, las rutas se habían restablecido manualmente y la pérdida financiera había sido mínima gracias a la velocidad con la que se manejó la contingencia. Alexander se desplomó en su silla, desabrochándose los dos primeros botones de la camisa y aflojándose la corbata. Estaba exhausto. Le ardían los ojos y el cuello le pesaba como el plomo. Miró hacia la puerta, asumiendo que Emma ya se habría marchado a casa; la mayoría de las asistentes habrían usado la crisis como excusa para escabullirse a su hora de salida. Se levantó para buscar su abrigo, pero al abrir la puerta de nogal, se detuvo. La luz del escritorio de la recepción seguía encendida en medio de la penumbra del piso vacío. Emma estaba allí. Tenía las mangas de su saco negro dobladas hasta los codos y estaba rodeada de montañas de papel que había clasificado metódicamente en carpetas de colores. Tenía un bolígrafo entre los dientes y repasaba una lista con la mirada fija en la pantalla. —¿Por qué sigue aquí, señorita Ross? —preguntó Alexander, apoyándose en el marco de la puerta. Su tono ya no era hostil; era el de un hombre cansado. Emma dio un respingo, quitándose el bolígrafo de la boca. Se acomodó un mechón de cabello que se había soltado de su moño, revelando la línea esbelta de su cuello. —Estaba terminando de archivar los respaldos manuales que usamos por la tarde, señor Vance —dijo, con la voz pastosa por el cansancio—. No quería dejar el escritorio desordenado para mañana. Ya casi termino. Alexander se acercó lentamente. Observó el trabajo que ella había hecho. Las carpetas estaban perfectamente etiquetadas, las hojas de ruta ordenadas por hora y destino. Era un trabajo impecable, realizado bajo una presión extrema por alguien que apenas llevaba doce horas en el puesto. —Hizo un buen trabajo hoy, Emma —dijo él, usando su nombre de pila por primera vez sin darse cuenta. Emma levantó la vista. Al escuchar su nombre en los labios de Alexander, una sombra extraña cruzó sus ojos azules, una mezcla de nostalgia y un temor reverencial que hizo que el corazón de Alexander diera un vuelco extraño. Él dio un paso más, quedando a escasos centímetros de su escritorio. Extendió la mano para tomar una de las carpetas terminadas, y en el proceso, el dorso de sus dedos rozó accidentalmente la muñeca de Emma. Fue un contacto de apenas medio segundo, pero el efecto fue inmediato y devastador. Una descarga eléctrica, una chispa de calor intenso y puramente físico le recorrió el brazo a Alexander, instalándose directamente en la boca del estómago. Un recuerdo reprimido, el olor a lluvia y jabón limpio, la textura de una piel suave en la oscuridad de una habitación de hotel de la que apenas recordaba detalles borrosos, estalló en su mente con la fuerza de un rayo. Emma retiró la mano como si se hubiera quemado con una brasa ardiente, conteniendo la respiración, con los ojos abiertos por el pánico. Alexander la miró fijamente, con el ceño fruncido y la respiración de pronto alterada. Ese roce no había sido el de dos desconocidos. Su cuerpo, su memoria biológica, la reconocía de una manera que su mente racional aún no alcanzaba a procesar. —Señorita Ross... —comenzó él, con la voz más áspera de lo habitual, fijando su mirada gris en esos labios que de pronto le parecieron peligrosamente familiares—. ¿Está segura de que usted y yo no nos hemos conocido antes de ayer? La pregunta quedó suspendida en el aire acondicionado de la oficina vacía, pesada como una sentencia de muerte. Emma sostuvo la mirada, pero Alexander pudo ver el miedo cerval que brillaba en el fondo de sus pupilas azules. La asistente perfecta estaba acorralada, y Alexander Vance no iba a detenerse hasta descubrir qué demonios le estaba ocultando.






