Capítulo 3

El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero Emma ya llevaba media hora con los ojos abiertos, contando las grietas del techo de su habitación. Tenía el cuerpo molido. Leo había pasado una mala noche, tosiendo debido a la humedad del departamento, y ella apenas había logrado conciliar el sueño en tramos de veinte minutos. Se levantó con cuidado de no hacer ruido, le dio un beso en la frente a su hijo —que ahora dormía profundamente gracias al nebulizador— y se preparó una taza de café instantáneo tan cargado que amargaba la lengua.

​Marta, la vecina del piso de abajo que cuidaría a Leo durante el día, llegó a las seis en punto con su habitual sonrisa cansada y un termo de mate.

​—Ve tranquila, flaca. Yo me encargo del enano —le dijo, dándole un apretón en el brazo—. Consigue ese seguro médico.

​Emma asintió, tragándose el nudo de culpa que se le formaba en la garganta cada vez que cruzaba esa puerta. A las seis y cuarenta y cinco, ya estaba en el lobby de Vance Enterprises. El segundero del reloj de su teléfono avanzaba con una crueldad implacable. Cuando el ascensor la dejó en el piso cuarenta, eran exactamente las seis y cincuenta y cuatro.

​Se sentó en el escritorio de recepción que le habían asignado, justo afuera de la doble puerta de nogal de Alexander. El espacio estaba impecable, casi quirúrgico. Sobre la superficie de cristal templado la esperaba una computadora portátil de última generación, un teléfono multilínea que parecía un panel de control de la NASA y una pila de carpetas de cuero negro con el sello de la empresa.

​A las seis y cincuenta y nueve, las puertas del ascensor privado se abrieron.

​Alexander Vance salió vistiendo un traje gris marengo de tres piezas que acentuaba su porte atlético y severo. Traía un abrigo largo sobre el brazo y una tableta en la mano. Caminaba con zancadas largas, sin mirar a los lados, destilando esa energía avasallante que obligaba a todo el mundo a apartarse de su camino.

​Emma se puso de pie de inmediato, sintiendo que el pulso se le disparaba.

​—Buenos días, señor Vance.

​Alexander se detuvo un segundo frente a su escritorio. Sus ojos grises, implacables como el granizo, la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el reloj digital de la pared de la recepción. Eran las siete en punto.

​—Llega a tiempo, señorita Ross —dijo él, con una voz profunda que todavía arrastraba la aspereza del inicio del día—. El café de la máquina de la sala de juntas es una basura. Quiero que baje a la cafetería de la esquina y me traiga un americano doble, sin azúcar, con un toque de canela. Si tardas más de ocho minutos, el café llegará tibio, y detesto el café tibio. Mientras tanto, encienda la terminal y empiece a transcribir las notas de audio que dejé en la red interna.

​No esperó respuesta. Entró a su oficina y cerró la puerta de un golpe sordo.

​Emma soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Miró el reloj. Siete y un minuto. Salió corriendo hacia los ascensores.

A las diez de la mañana, Emma sentía que las pestañas le pesaban una tonelada. Había logrado traer el café en siete minutos y medio —terminando con una ampolla en el talón por culpa de los zapatos viejos—, había transcrito tres informes financieros llenos de tecnicismos legales que tuvo que buscar en G****e para no cometer faltas de ortografía, y había lidiado con cuatro llamadas de directores de departamento que intentaban colarle reuniones en la agenda bloqueada de Alexander.

​Trabajar para él era como intentar domar un tornado. Alexander no pedía las cosas; asumía que ya debían estar hechas. A través del cristal esmerilado de la oficina, lo veía moverse, firmar contratos con trazos agresivos y hablar por teléfono en inglés y alemán sin cambiar el tono de voz. Era un monstruo de la eficiencia. Y lo peor de todo era la constante punzada de miedo en el estómago de Emma: la certeza de que estaba a solo un desliz de que él descubriera quién era ella.

​—Señorita Ross, a mi oficina. Traiga el archivo de auditoría del año pasado —la voz de Alexander tronó a través del intercomunicador.

​Emma buscó en los cajones del archivador de seguridad. Encontró la carpeta de cuero correspondiente, respiró hondo para calmar el temblor de sus manos y entró.

​Alexander estaba de pie junto al ventanal, con la camisa remangada hasta los antebrazos, revelando una piel bronceada y unas venas marcadas que a Emma le devolvieron un recuerdo nítido y abrumador de sus manos sobre su cintura en aquella habitación de hotel. Apartó la mirada de inmediato, maldiciéndose internamente.

​—Déjelo sobre la mesa —ordenó él, señalando una superficie de vidrio auxiliar—. Y limpie el desastre de la estantería del fondo. Mi anterior asistente dejó las cajas de las licitaciones archivadas sin ningún orden cronológico. Quiero eso resuelto antes del almuerzo.

​—Entendido, señor.

​Emma se dirigió a la estantería de madera oscura. Comenzó a mover las pesadas cajas de cartón reforzado, sintiendo el esfuerzo en la espalda. Alexander se sentó en su escritorio y continuó tecleando, sumergiéndose en su propio mundo. El silencio en la oficina se volvió denso, roto solo por el murmullo de la ciudad abajo y el tecleo rítmico del magnate.

​Mientras acomodaba los archivadores de hace cuatro años, los dedos de Emma tropezaron con una carpeta más delgada, forrada en terciopelo azul marino. No tenía etiqueta. Por pura inercia, la abrió un centímetro. Lo primero que vio fue una fotografía de prensa, un recorte de un periódico financiero de la noche de la gala de la corporación. La fecha era exacta: la misma semana en que se conocieron. En la foto, un Alexander un poco más joven, pero igual de imponente, sonreía a medias hacia la cámara con una copa de champán en la mano.

​Un vuelco violento en el corazón la hizo perder el equilibrio por un segundo. El dolor de recordar la dulzura de esa noche, el contraste con el hombre frío que la trataba como a una máquina de escribir, y el peso del secreto que guardaba en su departamento, se le vinieron encima como una avalancha. Sintió que el aire no le llegaba a los pulmones.

​En ese preciso momento, el teléfono celular de Emma, que había dejado en el bolsillo de su saco, comenzó a vibrar con fuerza. La melodía estridente rompió la atmósfera sagrada de la oficina.

​Alexander detuvo el tecleo de inmediato. El silencio que siguió fue sepulcral.

​Emma sintió que la sangre se le congelaba. Sacó el teléfono a toda prisa, con los dedos entorpecidos por el pánico. En la pantalla parpadeaba el nombre de "Marta". Su corazón dio un vuelco. Marta nunca la llamaba a menos que fuera una emergencia con Leo.

​Levantó la vista. Alexander la estaba mirando fijamente desde su escritorio, con las cejas juntas y una expresión de fría desaprobación que habría hecho temblar a cualquier ejecutivo.

​—Le dije claramente, señorita Ross, que no tolero las distracciones personales en el horario laboral —su voz era un latigazo de hielo—. Apague esa cosa. Ahora.

​Emma miró el teléfono que seguía vibrando en su mano. La pantalla mostraba que la llamada insistía. Podía ser la fiebre de Leo. Podía ser una crisis respiratoria. El instinto de madre pasó por encima de cualquier manual de etiqueta corporativa, de cualquier miedo a ser despedida, de cualquier sumisión.

​—Lo lamento, señor Vance —dijo Emma, y por primera vez, su voz no tembló; tenía la dureza del acero—. Tengo que tomar esto. Es una emergencia.

​Sin esperar el permiso del hombre más poderoso de la ciudad, Emma se dio la vuelta y presionó el botón verde mientras caminaba a paso apresurado hacia la salida de la oficina, dejando a Alexander Vance con la palabra en la boca y una expresión de absoluto asombro y furia contenida en el rostro.

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