El amanecer en el puerto no limpiaba las cosas; solo les cambiaba el color. La niebla que subía del río Sena, espesa y con un regusto a gasoil y salitre, envolvía los tinglados de la aduana vieja transformando los camiones de contenedores en lomos de ballenas encalladas. Desde el ventanal de la sala de espera del tercer piso del Hospital San Javier, el mundo se veía gris plomo, un cuadro pintado con prisa donde las únicas líneas rectas eran los brazos de las grúas pórtico que recortaban el hori