El olor de la sala de espera de Urgencias a las tres de la madrugada no se parecía a ningún otro olor del mundo. Era una mezcla de ozono de los purificadores de aire, café recalentado de máquina expendedora que sabía a plástico quemado y ese rastro sutil, casi imperceptible, de la cera con la que pulían los suelos para borrar las huellas de las emergencias de la tarde. Las luces de los tubos fluorescentes ya no zumbaban; a esa hora, el edificio parecía haber entrado en un estado de sopor mecáni