El amanecer sobre el distrito financiero tenía la frialdad metálica y despiadada de una hoja de afeitar nueva. A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, la silueta de hormigón y espejo de la torre de Vance Enterprises ya respiraba con el zumbido sordo, rítmico e impersonal de los grandes hormigueros humanos. Los torniquetes de acero inoxidable de la entrada principal tragaban y escupían empleados vestidos con idénticas gamas de gris y azul marino, todos con la barbilla hundida en el pecho y