El amanecer sobre el distrito financiero tenía la frialdad de una hoja de afeitar nueva. A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, la torre de Vance Enterprises ya respiraba con el zumbido sordo e impersonal de los grandes hormigueros humanos. Los torniquetes de la entrada principal tragaban y escupían empleados vestidos de gris y azul marino, todos con la mirada fija en las pantallas de sus teléfonos, moviéndose con la inercia de quien ha vendido su tiempo al por mayor.
Emma Ross cruzó el