La puerta de la sala de juntas de Vance Enterprises se cerró con un clic amortiguado que pareció succionar todo el oxígeno del pasillo. Emma se quedó inmóvil detrás de su escritorio de recepción, con las manos aún sosteniendo la bandeja de plata vacía. Las palabras de Thomas Sterling seguían flotando en el aire purificado del piso cuarenta, como hollín que se niega a asentarse. El crujido de su bastón contra el mármol pulido y aquella sonrisa cargada de una sospecha vieja y afilada le habían de