Pamela no sabía qué hora era cuando los faros de un auto negro se detuvieron frente a su edificio. No esperaba visitas, mucho menos a esa hora. El timbre de su teléfono vibró con un mensaje breve: “Empaque lo necesario. La espero.”
No había nombre, pero lo supo al instante.
El auto era del señor Guon.
Confundida, aún con la amenaza en la mente y el nudo en la garganta, metió lo esencial en una pequeña maleta. No sabía si debía odiarlo, temerle… o correr hacia él.
Cuando la puerta del vehículo s