El amanecer llegó más silencioso que de costumbre. Las hojas del magnolio parecían inmóviles, como si el viento hubiera decidido no perturbar la calma de la casa esa mañana. Pamela se despertó con una sensación extraña en el pecho, una mezcla entre inquietud y expectación. El sueño de la noche anterior había dejado una marca invisible en su conciencia: Lina Marceau aparecía entre sombras, danzando en un escenario de cristal que se rompía con cada paso.
Cuando bajó a la cocina, encontró a Miriam