La mañana comenzó con un murmullo suave de viento entre las hojas del magnolio. Pamela abrió los ojos lentamente, sintiendo el calor de la luz filtrarse por la cortina blanca de la habitación. Escuchó risas suaves en la cocina y, por un instante, todo pareció calmo. Normal. Como una vida soñada recién estrenada.
Se levantó y bajó en pantuflas hasta la cocina. Allí, Miriam preparaba chocolate caliente, Abigail cantaba mientras ordenaba cucharitas en la mesa, y Cristhian leía algo en su teléfono,