La tarde había caído sobre la ciudad como una sábana espesa de nubes grises. En el jardín delantero de la nueva casa, el viento jugaba con las hojas secas, arrastrándolas hasta la verja de hierro forjado. Pamela estaba en la terraza, sentada con una taza de té de jazmín entre las manos, observando cómo las gotas empezaban a dibujar caminos en los ventanales. El aroma de pan recién horneado que Miriam preparaba en la cocina flotaba en el aire, dándole al hogar un calor que parecía impermeable a