La tarde se había teñido de tonos dorados y rosados cuando el jardín de la casa fue transformado en un pequeño mundo de ensueño. Pamela había elegido cada detalle con dedicación: guirnaldas de luces blancas, mesas decoradas con flores silvestres, y una carpa adornada con cintas color lavanda. La sonrisa de Abigail al ver todo fue suficiente para justificar semanas de preparación.
—¡Está hermoso! —exclamó la niña, abrazando a Pamela con ternura—. Gracias, Pam.
—Te lo mereces, pequeña —susurró Pa