El silencio que se había apoderado del salón tras la desaparición de Abigail era casi insoportable. Pamela se aferraba al brazo de Cristhian, incapaz de contener el temblor de sus manos, mientras observaba cómo los invitados abandonaban lentamente la casa bajo la vigilancia de la policía.
Las luces festivas seguían encendidas, una ironía cruel que contrastaba con la angustia que se respiraba en el ambiente. En la esquina del jardín, los globos aún colgaban, moviéndose suavemente con la brisa no