La lluvia caía con una persistencia melancólica sobre la ciudad cuando Pamela subió al taxi. No sabía si temblaba más por el frío o por la carga emocional que llevaba dentro. El chofer, un hombre mayor de voz suave, no hizo preguntas cuando ella le entregó un papel arrugado con una dirección escrita a mano. Era la del penthouse de Cristhian Guon.
Durante el trayecto, las calles parecían desdibujarse ante sus ojos empañados. A cada semáforo, a cada bocina distante, sus pensamientos volvían una y