El teatro Étoile estaba repleto. El murmullo expectante del público se mezclaba con el eco de pasos apresurados tras bambalinas. Aquella noche no era solo una función: era un manifiesto. Abigail, con apenas once años, estaba a punto de subir al escenario para demostrar que ni la cárcel, ni los titulares manchados de veneno, ni las maquinaciones de Luciana Dévereux, Lina e Iván podían arrebatarles la dignidad.
Pamela ajustaba el corpiño del vestido blanco de Abigail, intentando no dejar que su n