Los ojos se clavaron en Elisa.
—Te vas a arrepentir de esto, querida hermanita… —murmuró, con una sonrisa torcida—. Porque nadie me toca… y sale ilesa.
Sus ojos brillaron.
—Nadie. ¿Entendiste?
Pasaron algunos días, y la puerta de hierro se abrió con un sonido seco. El policía se detuvo frente a Olívia, mirándola directamente, como si midiera el tiempo incluso antes de empezar.
—Tienes pocos minutos. —dijo, en voz baja, firme—. Fue lo acordado con el abogado… para que no me salpique a mí.
Olívia