Ísis se detuvo en medio de la sala. La sonrisa se le apagó en los labios. El aire se volvió espeso, casi sólido.
Alex estaba de pie junto a la pared de cristal, con el móvil en la mano. La postura demasiado rígida. La mandíbula apretada. La mirada… oscura.
A Ísis el corazón le dio un vuelco extraño, casi doloroso.
—¿Alex…? —repitió en voz baja—. ¿Qué pasó?
Él no respondió. Solo la miró. Y esa mirada hizo que Ísis sintiera que había entrado en un lugar equivocado. Como si, de pronto, ese hombre