Luna no se dio la vuelta, pero sus hombros se movieron apenas. Una señal pequeña, casi imperceptible, de que estaba escuchando.
Laura respiró hondo antes de continuar. La voz le salió baja, cuidadosa, como quien pisa terreno sensible.
—La princesa Laura vivía en un castillo con sus padres… —empezó—. Con unos abuelos ya muy viejitos, que la querían muchísimo, y un hermano que no la quería tanto.
Del otro lado, Edgar se había detenido frente a la puerta entreabierta. Al oír su propio nombre en la