Bárbara soltó una carcajada. Una risa demasiado alta, demasiado fuera de lugar para la gravedad de aquel momento. Una risa que no traía humor, traía descontrol.
—Yo no me voy a ir —gritó, desafiante—. Sé que quieres acostarte conmigo. —sonrió de lado—. Solo me tratas así porque no quieres que tu abuelo descubra el contrato.
Se acercó más, invadiendo su espacio.
—Mira la lencería que me compré para ti hoy… moreno —dijo, girando lentamente, exhibiéndose—. ¿Qué quieres que me quite primero… el suj