El gran salón de recepciones de la mansión Holt estaba deslumbrante aquella noche. Lámparas de cristal colgaban del techo alto, esparciendo una luz cálida y elegante sobre las mesas impecablemente dispuestas. Arreglos clásicos, copas de cristal y porcelanas finas componían el escenario de una celebración poco común: sesenta años de matrimonio.
Olga y Frederico se desplazaban por el salón con naturalidad y orgullo. Recibían a los invitados como verdaderos pilares de aquella familia.
La ceremonia