En el piso superior de la mansión, lejos del sonido de la música y de las conversaciones, Laura entró en la habitación y cerró la puerta detrás de sí con cuidado. Caminó directo hacia el espejo del tocador, respirando hondo, con los ojos vidriosos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sin girarse, al oír que la puerta se abría de nuevo.
Victor entró y se apoyó en la puerta.
—Te vi salir de puntillas de la fiesta —dijo, acercándose—. ¿Por qué estabas llorando, pelirroja?
Ella tomó un pañuelo del tocador