Edgar se quedó inmóvil un segundo, como si intentara dominar su propia respiración. Su mirada recorrió el rostro de ella con prisa y hambre. No era hambre de cuerpo, sino de respuesta.
—Hablándote a ti —dijo en voz baja—. Algo que no he podido hacer en una semana.
—¿Estás loco? —gruñó ella—. Abre esa puerta ahora mismo. Estoy trabajando, Edgar. Vuelve con tu familia.
Edgar no se movió.
—Una semana, Laura —insistió—. Una semana teniendo que enterarme por terceros si estás viva, si comes, si duer