Edgar apenas podía respirar. La espalda presionada contra la pared fría del pasillo, la camisa arrugada en el puño de Liam, el antebrazo firme contra su pecho, impidiéndole cualquier reacción. El sabor a sangre aún le quemaba en la boca, la cabeza girándole por el impacto reciente.
La mirada de Liam no llevaba una furia descontrolada; era peor. Era fría. Calculada. Mortal.
—¿Te volviste loco, Liam? —gruñó Edgar, intentando enderezarse—. ¡Suéltame!
—Pasas noches con mi hermana —la voz de Liam sa