Érica rompió a llorar con más fuerza.
—No quería ver mi historia repitiéndose en ti. Yo no te traje al mundo para que fueras la amante de nadie.
Laura respiró hondo. Las lágrimas ya corrían silenciosamente por sus mejillas.
—Yo nunca fui una amante. —respondió en voz baja—. Y él jamás me obligó a nada.
Acarició distraídamente su vientre.
—Al contrario... Edgar siempre me respetó.
Una sonrisa emocionada apareció en la comisura de sus labios.
—Fui yo la que insistió para que viviéramos nuestra pr