—Ha dicho exactamente lo mismo que decía Vladimir… —pensó América, con un nudo en el estómago—. “Tu virginidad me pertenece”, “no vas a darle a otro lo que es mío”… Las palabras retumbaban en su mente como un eco contaminado, como una profecía repetida por dos monstruos distintos con una sola obsesión: poseerla.
Nathan la empujó con brusquedad sobre la cama y comenzó a quitarse la ropa. América sintió cómo el miedo se deslizaba por su columna.
¡Dios! ¿Qué va a hacer? ¿Piensa forzarla?
Se levant