América bajó a desayunar con los ojos hinchados, rojos, testigos de una noche sin descanso. Aún sentía el ardor del llanto constante en los párpados, pero se esforzó por mantener la compostura. Consuelo la observó con expresión preocupada, claramente con deseos de preguntar, aunque el silencio se le impusiera por respeto o prudencia.
—Quiero un café bien cargado, por favor —pidió América, sentándose en el desayunador con el cuerpo entumecido y el alma arrugada—. ¿Sabías que Nathan y Patricia se