Isabela agarraba el teléfono con fuerza.
Por fin había recibido la llamada que llevaba cinco años esperando: era Héctor, el asistente de confianza de su abuelo.
—Señorita, su matrimonio con el señor Vidal ha superado con éxito el período de prueba de cinco años que estableció el presidente. El patrón me encargó decirle que puede volver a casa con su esposo, y que tiene todo listo para pasarle los bienes a su nombre. ¿Cuándo le viene bien?
—¿¡De verdad!? —Isabela no pudo contener la euforia y su voz tembló un poco—. ¡Héctor, esto es maravilloso! ¡Hoy mismo voy para allá!
Colgó el teléfono y respiró aliviada.
¡Por fin!
Su abuelo finalmente estaba dispuesto a perdonar que, años atrás, ella hubiera decidido casarse por su cuenta, abandonando la misión familiar y el rol de heredera, y elegir a Lucas.
Eso significaba que no se había equivocado.
Lucas valía cada sacrificio que ella había hecho.
Hoy no solo marcaba el fin del período de prueba, sino que también era su quinto aniversario.
Isabela estaba decidida a darle una sorpresa enorme y un lugar en la familia.
En la sala de atención del registro civil, el aire olía a tinta y papel.
Con el corazón acelerado, Isabela entregó con sumo cuidado el certificado de matrimonio que había guardado durante cinco años.
Se imaginó la sorpresa y alegría de Lucas al descubrir la verdad, y una sonrisa suave se dibujó en sus labios.
Pero el empleado, tras verificar varias veces en el sistema, frunció el ceño y su rostro se oscureció.
Le levantó la mirada, con un tono firme e innegociable:
—Señora Montalvo, lo siento mucho, pero este certificado de matrimonio es falso. El sistema indica que actualmente su estado civil es… soltera.
—¿Soltera? —la sonrisa de Isabela se congeló y sus ojos se llenaron de incredulidad—. ¡Eso es imposible!
El empleado ignoró su reacción y continuó con voz fría:
—En cuanto al señor Vidal, el sistema indica que está casado legalmente. Su esposa se llama Valeria Salas.
—¡Zas!
Isabela sintió como si un martillo le hubiera golpeado el cerebro, dejándola en blanco.
Se levantó de golpe de la silla, gritando:
—¡Estás mintiendo! ¡No puede ser! ¡El certificado me lo entregó mi esposo con sus propias manos, ¿cómo puede ser falso?!
—Los registros son claros e irrefutables —dijo el empleado, inexpresivo—. Además, tienen una hija de cinco años, que lleva el apellido de su madre, y se llama Elena Salas.
—¿Qué? —Isabela dio un paso tambaleante, casi perdiendo el equilibrio.
¿Una hija?
¿Cinco años?
Su querida hija adoptiva, Eli… ¡resulta que en realidad era la hija biológica de Lucas y Valeria!
—Los archivos muestran que Lucas y Valeria se casaron legalmente hace cinco años. La duración de su matrimonio coincide exactamente con el período de este certificado falso en sus manos.
La vista de Isabela se nubló y su cuerpo cayó hacia atrás, débil.
Por suerte, Héctor, que estaba detrás, reaccionó rápido y la sostuvo a tiempo.
—¡Señorita! —exclamó Héctor, sorprendido y enfurecido—. ¡Lucas se ha atrevido a engañarla de esta manera! No se preocupe, informaré de inmediato al presidente para que…
—¡No! —Isabela lo interrumpió bruscamente, llevándose una mano a la frente y hundiendo las uñas en la palma—. Héctor, no le digas nada a mi abuelo… necesito tiempo para investigar esto por mi cuenta. Confío en que lo mantendrás en secreto.
De pronto, recordó algo y su voz se volvió áspera y seca:
—Esa niña… ¿puedes verificar nuevamente la fecha de nacimiento?
El tecleo del empleado resonó con especial crudeza en ese momento.
—29 de junio de 202X, a las 4:39 p.m. —dijo con voz fría.
Esos números fríos se clavaron en su memoria como agujas, despertando viejas heridas.
Ese día fue cuando sufrió la caída que provocó su aborto.
El bebé que había costado tanto conseguir… el 29 de junio a las 8:13 p.m., fue completamente arrebatado de su vientre.
Las lágrimas estallaron de inmediato.
Ese bebé, fruto de tanto esfuerzo con medicinas y tratamientos, ¡desapareció en un instante!
No había pasado ni dos meses de embarazo, el feto todavía era frágil, y una caída inexplicable en casa lo destruyó.
Su fertilidad siempre había sido frágil, y aquel aborto casi la derrumba por completo.
Tumbada en la fría cama del hospital, sintiéndose morir, ella recibió solo un suave toque en la espalda de Lucas, que hablaba con voz tranquila:
—Isabela, no te preocupes demasiado. Tal vez sea mejor que el bebé no esté… apenas estamos empezando con nuestro negocio, no es el momento adecuado.
Pero no era que no fuera el momento, sino que él ya lo tenía ese día.
El tesoro que ella perdió… simplemente era algo que no estaba previsto por él.
El empleado le devolvió el certificado falso, con el sello oficial en rojo que destacaba en la página. Isabela lo soltó y cayó con un golpe seco sobre el piso pulido.
Ese rojo intenso era como una bofetada gigante, recordándole que sus cinco años de entrega total no habían sido más que una cruel broma.
Al salir del registro, el viento frío la azotó, dispersando un poco de confusión, pero no el frío que sentía en el corazón.
Héctor la siguió, preocupado:
—Señorita, ¿de verdad no quiere que el presidente intervenga para hacer justicia por lo que Lucas le ha hecho?
Isabela negó despacio con la cabeza, pero su mirada, que primero había sido de pura conmoción y devastación, se fue tornando fría y decidida.
Respiró hondo y habló con serenidad:
—No hace falta. Héctor, dile a mi abuelo de mi parte que dentro de un mes volveré a casa con las respuestas para hacerme cargo de la herencia. Que esté tranquilo.
Dicho esto, se dio la vuelta, detuvo un taxi y dio la dirección de la empresa de Lucas.