Mientras subían en el viejo ascensor de hierro hacia el piso de Stella, Cyrus notó que ella se mantuvo lo más lejos posible de él, pegada en la pared contraria a la que él estaba pegado. También mantenía la mirada agachada, como si no pudiera verlo directamente a los ojos y un rubor, de un bonito tono rosa, le teñía las mejillas.
Cyrus habría dado lo que fuera; todo su dinero, su herencia y hasta su propia vida, por poder tener el poder de leer las mentes y saber lo que Stella estaba pensando