El rostro de Cyrus se tensó. Su mandíbula se marcó como una línea de acero, los nudillos se le blanquearon alrededor de los reposabrazos de la silla, a los cuales sus manos se aferraban con fuerza.
Shane lo miró y sonrió con malicia.
—¿Qué pasa? No me digas que te ofende que te sugiera conquistarla. Vamos, siempre has sido un experto en eso.
Cyrus respiró profundamente.
—Déjalo, Shane.
El tono no admitía discusión, pero Shane no parecía captar el aviso.
—No, no. En serio, ahora me d