Apenas se bebió el trago, Cyrus salió de su oficina con paso largo y decidido, empujado por un impulso que ni siquiera intentó entender. Habían pasado solo un par de minutos desde que Stella había salido llorando, y el silencio que había dejado tras de sí lo perseguía como un eco incómodo. El rostro de ella —sus ojos empañados, su voz temblorosa— seguía grabado con nitidez en su mente.
Necesitaba encontrarlay pedirle disculpas.
Cuando llegó a su escritorio, se detuvo. El asiento estaba vacío, l