En los últimos días, los olores se habían vuelto más intensos para la nariz de Stella Ese día, la sala de espera olía a desinfectante y a algo ligeramente dulce, quizá el perfume de alguna de las mujeres sentadas allí.
Stella estaba sentada con la espalda recta, las manos entrelazadas sobre su regazo, moviendo apenas el pie derecho sin darse cuenta. Había leído ese mismo cartel tres veces sin procesar una sola palabra.
Cyrus, a su lado, fingía tranquilidad. Fingía muy mal.
Tenía el codo apoyado en el apoyabrazos y la mano cubriendo parcialmente la boca, los ojos fijos en la puerta blanca que llevaba el nombre de la doctora. Cada pocos segundos, miraba de reojo a Stella, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí, de que todo aquello no era un sueño extraño del que iba a despertar.
—¿Estás bien? —preguntó por cuarta vez desde que habían llegado.
Stella giró la cabeza hacia él y sonrió, nerviosa.
—Sí. Bueno… estoy bien y no estoy bien —admitió—. Estoy feliz, pero también asus