Stella llevaba más de veinte minutos frente al espejo sin realmente verse.
Sus manos descansaban sobre el borde del lavabo del baño, los dedos tensos, blancos por la presión. Había elegido una ropa sencilla: un pantalón oscuro, una blusa clara de manga larga y un abrigo discreto. Nada llamativo. Nada que pudiera interpretarse como un intento de agradar. Tampoco algo que pareciera una armadura. Solo… ella.
Pero aun así, sentía que nada era suficiente para el momento que estaba por enfrentar.
Diez años.
Diez años desde la última vez que lo había visto.
Desde la última vez que su mundo se había roto en pedazos.
Cerró los ojos y respiró hondo, como su terapeuta le había enseñado. Inhalar contando hasta cuatro. Retener. Exhalar despacio. Lo repitió varias veces hasta que el temblor en el pecho cedió un poco.
Detrás de ella, apoyado en el marco de la puerta, Cyrus la observaba en silencio.
No quería interrumpirla. No quería presionarla. Solo estaba allí, como había prometido.
Desde