Joe Davison tardó varios segundos en levantar la mirada.
Estaba sentado frente a la mesa metálica, las manos grandes apoyadas sobre ella, con las muñecas rodeadas por las esposas, los dedos entrelazados con rigidez. El uniforme gris de la prisión colgaba de su cuerpo como si le pesara, como si no terminara de pertenecerle.
Diez años dentro de esas paredes habían marcado su rostro: las líneas profundas alrededor de los ojos, la dureza de la mandíbula, la sombra permanente de cansancio.
Cuando volvió a mirarla, más detenidamente, sus ojos se encontraron con los de una mujer joven.
No supo quién era.
No la reconoció.
Parpadeó una vez. Luego otra.
Había algo familiar en esos ojos… algo que le provocó una incomodidad inmediata, una punzada en el pecho que no supo explicar. Frunció ligeramente el ceño, examinándola con más atención. El cabello, los gestos contenidos, la forma en que se mantenía erguida pese a la tensión evidente.
Pero no logró unir las piezas, porque no espera