Joe Davison tardó varios segundos en levantar la mirada.
Estaba sentado frente a la mesa metálica, las manos grandes apoyadas sobre ella, con las muñecas rodeadas por las esposas, los dedos entrelazados con rigidez. El uniforme gris de la prisión colgaba de su cuerpo como si le pesara, como si no terminara de pertenecerle.
Diez años dentro de esas paredes habían marcado su rostro: las líneas profundas alrededor de los ojos, la dureza de la mandíbula, la sombra permanente de cansancio.
Cuan