Louis Leroux no podía creer lo que acababa de escuchar. Era una locura lo que su hijo había dicho y él no lo podía permitir.
Una cosa era ayudar a algún empleado que estuviera pasando una mala situación y otra era querer regalarle un departamento así por así, especialmente a una empleada que era nueva y no de total confianza, como lo era Andrew que llevaba años trabajando para él.
¿Qué diablos estaba pasando por la cabeza de su hijo al querer hacerle semejante regalo a una simple secretaria