El regreso a Nueva York tuvo un sabor a despedida y bienvenida al mismo tiempo.
Cuando el avión tocó tierra, Stella miró por la ventanilla con una sensación extraña en el pecho. No podía creer que habían pasado semanas desde que ella y Cyrus se habían ido de luna de miel, porque para ella se habían sentido como días.
Durante todas semanas había despertado en ciudades que hasta hacía poco solo existían en fotografías, en páginas de libros gastados, en sueños que jamás se había permitido tomarse demasiado en serio. Inglaterra con sus calles antiguas, Italia con su belleza indómita, Francia con su romanticismo casi irreal. Y ahora estaba de vuelta en casa.
A su lado, Cyrus notó su silencio.
—¿En qué piensas? —preguntó con suavidad.
Stella giró el rostro hacia él y sonrió, aún un poco incrédula.
—En que sigo sin creer que todo eso haya sido real —admitió—. Que lo viví contigo. Que no fue solo algo que leí, imaginé o soñé.
Cyrus tomó su mano, apretándola con calma, y se inclinó para