DORIAN
La Cisterna huele a humedad eterna y a silencio podrido. Las paredes de piedra sudan frío, un frío que se me clava en los huesos y se queda ahí, haciéndome compañía. Cada gota que cae del techo marca un segundo perdido, un latido menos en el corazón de este lugar. Bajo los escalones. Mis pasos son el único sonido, hasta que no lo son.
Él está allí. En su jaula de oro. No una celda sórdida, sino un espacio dentro de la misma cisterna, reformado con prisa pero con cierta consideración: una