MARCO
Rinaldi me miró. No era una mirada de desaprobación, sino de preocupación lúcida y helada. Él veía el tablero completo, y mi movimiento le parecía una jugada desesperada.
—Si te vas… —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro entre el bullicio de la comisaría—, si dejas el campo abierto, estás haciendo exactamente lo que él espera. Te estás sacando a ti mismo de la partida. Le estás dando el control total del tablero aquí, mientras tú corres tras un fantasma.
—Él no quiere el t