VALENTINA
Giacomo caminaba delante de mí sin mirar atrás, como si el simple hecho de avanzar bastara para protegernos. Yo lo seguía a pocos pasos, sintiendo que cada movimiento era una traición a la mujer que había sido hasta esa mañana.
Antes de entrar, se detuvo. Giró apenas el rostro.
—Recuerda lo que te dije —murmuró—. No hables. Mira al suelo. Eres invisible.
Asentí.
Al cruzar la puerta del restaurante, el ruido me golpeó como una pared: un estruendo de voces ásperas, carcajadas que no esc