VALENTINA
Sin preguntar, asintió. Caminamos rápido, sin correr para no llamar más la atención, salimos al sol cegador del aparcamiento y subimos al coche. Giacomo arrancó el motor y salimos del parquin con un chirrido de neumáticos.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó, con los nudillos blancos sobre el volante.
—Un miserable que quiso aprovecharse —dije, sin titubear, con la adrenalina aún latiendo en mis venas.
Avanzamos por la carretera comarcal, el paisaje rural desfilando a ambos lados. Inten