VALENTINA
La madrugada todavía abrazaba los pasillos del orfanato cuando crucé el umbral. Todo estaba cubierto de sombras, como si el edificio mismo quisiera fingir que no me veía irme. El aire era frío y cada paso resonaba demasiado fuerte, como una confesión.
Apreté la mochila contra mi pecho. No pesaba casi nada, pero sentía que cargaba una vida entera.
Me detuve un instante. Miré atrás. Esperaba —no sé por qué— ver aparecer al padre Vittorio. Una última palabra. Una bendición. O solo su pre