El portón del orfanato crujió bajo mis manos al empujarlo. Todo lo que una vez fue hogar se alzaba ahora en llamas voraces que lamían las paredes, consumiendo memorias, risas y sueños.
El calor me golpeó de lleno, abrasador, y caí de rodillas sobre la tierra ardiente. Un grito desgarrador escapó de mi garganta, no solo un lamento, sino un clamor desde lo más profundo de mi alma. Las lágrimas me nublaban la visión, y el dolor se enroscaba en mi pecho como una serpiente que me asfixiaba.
Kael